Hand writing on small notepad

17 años los que tenía cuando salió de Pomaire, en su añorada Chile. 17 años los que lleva fuera de ella. Sola, siempre sola. Añorando familia, a la hija que dejó al cuidado de una tía abuela, octogenaria, y de unos padres de antiguas costumbres. Añorando, añorando.

Y aquella mañana, mientras ponía agua caliente en el “florero”, volcaba unas cucharadas de azúcar en la yerba y cogía entre sus manos con delicadeza la bombilla, recordaba con añoranza los primeros días de aquel curso que le abrió las puertas a lo que hoy es su trabajo. Igual que el mate, del que muchos dicen que tiene poderes cicatrizantes y estimulantes, para ella ha sido cicatrizante y estimulante, después de 17 años, sola, siempre sola, ser capaz de, durante largos siete meses, acudir puntualmente a clase, formarse, adquirir conocimientos.

Ahora se levanta cada mañana temprano, coge el autobús que la traslada al centro de esa ciudad que se le antojaba tan extraña y hostil cuando llegó, y con una sonrisa sentida atraviesa la puerta de la residencia de mayores. Un nuevo día comienza. Acompañada, ahora acompañada.

Estas son las cosas que dan sentido a nuestro trabajo. Gracias Agustina.